lunes, 21 de diciembre de 2015

BEATRIZ MIRALLES


Beatriz Miralles
(Murcia, 1985)





Ha publicado el cuaderno Y todo es silencio (2013) y los poemarios en volúmenes colectivos La soledad del hombre isla (2010) y 500 micrometros: El lugar de cuerpo en vano (2008). También ha aparecido en las antologías: Ni pena ni miedo: Poesía 3.0 (Universidad de Alicante, 2015), Desdoblando (Editum, 2014), Anónimos 2.1 (Festival Cosmopoética, 2013). Ha publicado en revistas como El coloquio de los Perros, Josefina la Cantante, Obituario o Seconal. Ha participado en La Mar de Letras, dentro de la XXI edición del Festival La Mar de Músicas y en el Festival Generacción, entre otros. Impulsa el proyecto editorial ad minimum microediciones. Colabora en la revista Détour. Escribe menos de lo que quisiera en el blog Cuaderno Portátil.





¿De qué le salva la poesía?

No sé si salva. No sé si libera. Sospecho que la escritura también abre grietas, crea hendiduras, agujerea la realidad para de algún modo intervenir en ella. A veces escribir es explorar ese abismo y en la práctica de la escritura uno se entretiene en ese borde y lo estudia. Pero me gusta aquello que leí a Magris, aquello de que interpone entre la soledad y él una red de palabras, que encuentra en los libros la oración que recitan los salvados del naufragio.

¿Un verso para repetirse siempre?

Para repetirnos siempre alguno de Walt Whitman. El inicio de Canto a mí mismo me parece una bella letanía. Una letanía luminosa.

¿Qué libro debe estar en todas las bibliotecas?

Sería bueno que hubiera más de uno.

Amor, muerte, tiempo, vida… ¿cuál es el gran tema?

No hay tema menor.

¿Qué verso de otro querría haber escrito?

Tantos…

¿Escribir, leer o vivir?

Escribir, leer y vivir. Y que el orden de los factores no altere el resultado. Aunque le diré una cosa, me resultaría difícil vivir sin leer.

¿Dónde están las musas?

Eso es algo inexplicable. Virginia Wolf pedía una habitación propia. Proust necesitaba una forrada de corcho. José Hierro no podía escribir fuera de bares y cafeterías. Me gusta imaginarme las mañanas de Borges en la bañera meditando sobre si lo que había soñado la noche anterior daría para un poema o relato. Luego está lo de Derrida a la hora de escribir, que es algo que no deja de asombrarme. Sean musas o algo más prosaico como las manías, aquello no deja de tener algo de inexplicable.

¿Qué no puede ser poesía?

Como hipótesis supongo que casi todo puede ser poesía o al menos sí que me parece que la poesía puede encontrarse en cualquier medio de expresión que incluya las palabras. No creo que la poesía sea algo sagrado.

¿Cuál es el último poemario que ha leído?

Algunos de los últimos son La imagen y su semejanza, de Javier Moreno (La Garúa) y Siamesa, de María Ramos (El Gaviero).  Luego está Getsemani, KY, de Ernesto Cardenal, al que llegué sin proponérmelo y un poco por casualidad. Algunos de sus poemas han sido una lectura obsesiva.

Si todos leyéramos versos, el mundo…

Explotaría o algo parecido. Ya lo dijo Camilo Sesto: vivir así es morir de amor.

Tres autores para vencerlo todo.

San Juan de la Cruz podría ser ese autor con el que vencerlo todo.

¿Papel y lápiz, teclado o smartphone?

No es algo que me preocupe excesivamente, aunque es cierto que necesito escribir a mano para romper el hielo, digamos. En cierto modo, me gusta pensar que la escritura es una labor física, que escribimos con todo el cuerpo, incluso cuando no es a mano.




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