jueves, 11 de febrero de 2016

CÉSAR IBÁÑEZ PARÍS

César Ibáñez París 
(Zaragoza, 1963)



Es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Zaragoza y vive en Soria desde 1990, donde trabaja como profesor de instituto. Ha publicado siete poemarios: La máscara blanca (Premio Gerardo Diego de la Diputación de Soria), Intemperies (Premio Ángel Martínez Baigorri de Lodosa), Cántaro y otros límites (Premio Isabel de Portugal de la Diputación de Zaragoza), Églogas invernales (Premio Voces del Chamamé), Los desvelos (Premio Alonso de Ercilla), Invierno o luz (Premio Aurelio Guirao de Cieza), La ruta de la sed (Premio Blas de Otero de Bilbao), así como la plaquette Diálogos al raso y la antología bilingüe -castellano y gallego- Llamas noches a los giros del vals. También son fruto de su dedicación literaria las novelas Los frutos caídos (Umbriel, 2004) y La cueva de los diez acertijos (Everest, 2008). Su traducción de Tartufo de Molière mereció el I Premio de Adaptación Literaria Biblioteca Teide.

En cuento, los galardones recientes son los siguientes: Premio “La mueca del pícaro” de Barbastro (2012) por Canales y puentes; Premio de microrrelatos “Pompas de papel” (2012) por En la cueva; Premio de relato monegrino por “JF y JF conversan” (2013); XXII Premio Juana Santacruz del Ateneo Español de México (2014); Premio Orola de vivencias 2015.





¿De qué le salva la poesía?

De la simplificación, de lo plano, del blanco y negro. Además, la poesía es el detalle significativo, lo pequeño visto como esencial, de modo que también salva de la grandilocuencia vacía, tan frecuente. Si el poeta no dice lo básico, nadie lo dirá en su lugar.

¿Un verso para repetirse siempre?

Soy un fue y un será y un es cansado.

¿Qué libro debe estar en todas las bibliotecas?

Muchos. Por ejemplo, todo Shakespeare.

Amor, muerte, tiempo, vida…, ¿cuál es el gran tema?

La vida, seguramente: sus maravillas, sus errores, sus posibilidades, sus limitaciones. Pero muerte, tiempo y amor condicionan la vida y le dan sentido, es decir, la hacen como es.

¿Qué verso de otro querría haber escrito?

Muchos. Por ejemplo: “Y que a mi amor entonces le conteste / la nueva criatura que tú eras”.

¿Escribir, leer o vivir?

Las tres cosas, claro, pero no puedo evitar la sensación de que no he vivido ni leído ni escrito todo lo que quería. El tiempo se me escapa entre los dedos. ¿Los días siguen teniendo 24 horas o también Rajoy nos los ha recortado?

¿Dónde están las musas?

En la memoria y en el diccionario, en la concentración y en el sosiego.

¿Qué no puede ser poesía?

Nada. Cualquier cosa puede ser poesía, un ocaso o un vertedero, el amor más dulce o un huevo frito recién hecho, y eso incluye el espanto y la maldad absoluta. Después de Auschwitz se puede y se debe escribir poesía. Más que nunca, tal vez.

¿Cuál es el último poemario que ha leído?

Cito los dos últimos, tan distintos que son complementarios: El dueño del eclipse de Santos Domínguez Ramos y Cuaderno de vacaciones de Luis Alberto de Cuenca.

Si todos leyéramos versos, el mundo…

Tendría más matices, más claroscuros, menos dogmas.

Tres autores para vencerlo todo.

Para vencer sirven los ejércitos o las elecciones, no la literatura. En todo caso, tres autores para vivirlo todo, con cierto exceso de optimismo. En fin, diré tres autores que me marcaron y me siguen gustando: Quevedo, Borges y Conan Doyle.

¿Papel y lápiz, teclado o smartphone?

Papel, bolígrafo y teclado. El smartphone se lo dejo a los jóvenes.


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