viernes, 20 de mayo de 2016

RAMIRO ROSÓN


RAMIRO ROSÓN
(Tenerife, 1989)



Licenciado en Derecho y con un Máster en Uso y Gestión del Patrimonio Cultural por la Universidad de La Laguna, también escribe teatro, narrativa y crítica literaria. Ha publicado los libros La desgracia de Orfeo y el desdén de Colombina y Tratado de la luz (Ediciones Idea). Ha participado en encuentros y ciclos de poesía, y ha colaborado con los proyectos plásticos Armario de luces y sombras, acompañado de testamento ológrafo y otros enigmas (2011) y Cuestiones ineludibles: una poética del silencio (2015), del escultor Román Hernández. Sus poemas, críticas y traducciones del inglés y del italiano han aparecido en revistas y suplementos culturales. Participa en la antología griega de poesía hispánica de la editorial helena Vakxikon (2014). Recibió el XXVIII premio de poesía Emeterio Gutiérrez Albelo por su poemario La simiente del fuego.



¿De qué te salva la poesía?

La poesía me salva de la despersonalización, de la pérdida de identidad a la que nos aboca el capitalismo enfermo en que vivimos. Pero sobre todo me ha enseñado a no confundir el valor de las cosas con su precio, regalándome un espacio de crítica y lucidez frente a la ceguera de un mundo obsesionado con la rentabilidad.

¿Un verso para repetirse siempre?

Uno de los versos más lúcidos e intensos de Rilke: ¿Quién habla de victorias? Resistir lo es todo. Nos enseña que la sabiduría, por encima de todo, consiste en soportar los momentos difíciles de la vida con serenidad y fortaleza.

¿Narrativa, teatro, ensayo… o sólo poesía?

Actualmente practico varios géneros literarios: poesía, teatro y narrativa, a lo cual hay que sumar la crítica literaria y la traducción. No cierro mi puerta a ningún género de antemano, pues todos pueden servirme en algún momento para expresar mis inquietudes.

¿Qué otras disciplinas artísticas practicas?

Desde la primera infancia practiqué con asiduidad el dibujo, y en la adolescencia aprendí a pintar al óleo de forma autodidacta. Pintaba sobre todo escenas de la mitología griega, músicos tocando instrumentos de cuerda y enamorados volando como en los cuadros de Chagall. Hoy en día confieso que he dejado bastante de lado esa faceta plástica, en parte por mi dedicación a la escritura y en parte por no disponer de tiempo suficiente para todo lo que me gustaría hacer.

¿Cuándo comenzaste a escribir poesía?

Sobre los dieciséis años.

¿Qué crees que define tu obra?

No sé si el autor es la persona más indicada para definir su propia obra. Supongo que se trata de una búsqueda incesante, en la que se persigue el lenguaje idóneo para expresar una determinada visión del mundo. Comencé escribiendo una poesía clasicista, bajo la influencia del Siglo de Oro y la generación del 27. Más tarde el romanticismo y el simbolismo se convirtieron en mis referentes básicos, y en la actualidad estoy escribiendo una poesía ecléctica, que trata de integrar mis experiencias vitales con las fuerzas de la imaginación y del sueño.

¿Crees que existe en las islas un estilo propio, una manera particular de hacer poesía?

Creo que no se puede hablar de un estilo propio de las islas, pero sí de un cierto influjo de la naturaleza y la sociedad isleña a la hora de escribir poesía, que en cada autor se trasluce de una determinada manera. Todos reflejamos en mayor o menor medida el entorno donde nos hemos criado, aunque sólo sea por mera oposición a los valores que representa. En el panorama de la poesía canaria actual predomina una variedad de estéticas que me parece de gran interés, pues refleja cómo se puede escribir en un mismo territorio desde muy diversos puntos de vista.

¿La poesía está de moda?

Parece que en los últimos años se ha dado un cierto auge de la poesía en España, con algunos libros que han superado los bajos niveles de ventas habituales en este género literario. Sin embargo, no se debe confundir la poesía de calidad con letras de canciones que no podrían sostenerse sin música –aunque los grandes cantautores dominan tan bien la poesía como la música y llegan a crear verdaderos poemas cantados– o con diarios adolescentes escritos en verso. La poesía no puede reducirse a una mera confesión de sentimientos, pues ha de enfrentarse a la tarea de reinventar el lenguaje y dialogar con la tradición si no quiere convertirse en flor de un día. Emoción e inventiva se conjugan en todo buen poema para dar un sentido más puro a las palabras de la tribu, como decía Mallarmé. Pese a todo, si esta moda favorece que un público creciente se interese por la poesía y comience a descubrir buenos autores más allá de títulos puramente comerciales, no puede considerarse una mala noticia. Al mismo tiempo, se están organizando cada vez más recitales, micros abiertos, jam sessions de poesía y actividades similares, lo cual me parece necesario y positivo, pues de este modo se recupera el hábito de la escucha, de prestar atención a la voz del poeta, y se crean espacios para la palabra poética más allá de las instituciones oficiales de la cultura.

¿Crees que faltan referentes en la poesía?

De ningún modo. Toda la historia de la literatura, desde el poema de Gilgamesh hasta la actualidad más rabiosa, nos mira desde el silencio de las bibliotecas y los pasadizos virtuales de Internet. Cada uno elige sus referentes según sus intereses y afinidades, sabiendo que jamás podrá leer todos los libros, y esta variedad de referentes ha originado la diversidad de estéticas que impera hoy en día. Por otro lado, creo que en la actualidad contamos con grandes poetas vivos en España, de los que podemos aprender valiosas lecciones de escritura. Pienso en algunos nombres como Antonio Gamoneda, Olvido García Valdés o Juan Carlos Mestre, que han sabido mantenerse fieles a su propia voz más allá de grupos y escuelas.

¿Qué pretende uno cuando escribe?

Alejarse de toda impostura para crear, como decía Machado, unas pocas palabras verdaderas.

¿Qué libro debe estar en todas las bibliotecas?

Las Meditaciones de Marco Aurelio. La filosofía estoica del sabio emperador nos enseña a aceptar el mundo tal como es, con su carga de males inevitables, pero también a dominar las emociones para fortalecernos y a dejar de lado los asuntos superfluos para centrarnos en las cuestiones esenciales de la vida. Por ello creo que se trata de un libro imprescindible.

Amor, muerte, tiempo, vida… ¿cuál es el gran tema?

El gran tema –y quizás, en el fondo, el único– es el ser, el misterio irresoluble de la existencia, el asombro y la extrañeza que nos despierta el hecho de estar en el mundo, intentando averiguar quiénes somos, de dónde venimos y a dónde vamos. Amor, muerte, tiempo y vida son algunas de sus principales facetas, que la poesía refleja como los destellos del sol en el agua de un río, guardando siempre la misma esencia bajo unas apariencias cambiantes.


¿Qué verso de otro querrías haber escrito?

Uno de Hölderlin: donde crece el peligro también crece lo que salva.

¿Escribir, leer o vivir?

Hay que vivir, leer y escribir, en este orden de prioridades. En primer lugar, la experiencia vital es la materia prima básica de la escritura, sin la cual no puede haber creación poética. A continuación, leer lo que otros han escrito a lo largo de la historia nos ayuda a aprender el lenguaje de la poesía (es decir, las técnicas necesarias para expresar pensamientos y emociones de manera creativa). Por último

¿Dónde están las musas?

Donde nos olvidamos de buscarlas, en situaciones y lugares imprevistos o en lo más cotidiano y previsible que forma parte de nuestras vidas.

¿Qué no puede ser poesía?

Prácticamente nada, pues se trata de un campo que no puede acotarse sin dejar siempre alguna parte fuera de los límites establecidos. Como diría Terencio, la poesía es humana y nada de lo humano podría serle ajeno. Todo el ámbito de la experiencia humana, de nuestros gozos y dolores, de nuestros anhelos y desengaños, le pertenece y no duda en reclamarlo para sí misma cuando quiere convertirlo en poema.

¿Cuál es el último poemario que has leído?

Un árbol en Rodmell, de la poeta canaria Raquel Martín Caraballo. Se trata de una hermosa meditación poética sobre tres escritoras suicidas (Virginia Woolf, Sylvia Plath y Alejandra Pizarnik) cuyas afinidades biográficas y literarias acaban entrelazándose en un destino común.

Si todos leyéramos versos, el mundo…

No sé si sería necesariamente mejor. En el siglo pasado, la experiencia de las dos guerras mundiales y del Holocausto nos enseñó que la cultura no siempre consigue salvarnos de la barbarie, pero sólo desde la cultura, por suerte o por desgracia, podemos adquirir los códigos éticos y las herramientas intelectuales que necesitamos para evitarla. En todo caso, hoy en día debemos plantearnos cómo la poesía puede contribuir, desde sus humildes márgenes de acción, a detener esa amenaza que ahora vuelve con los movimientos neofascistas en toda Europa, para que el fruto horrible del odio, como escribió Primo Levi en los muros de Auschwitz, no dé nueva simiente, ni mañana ni nunca.

Tres autores para vencerlo todo.

Hölderlin, Rimbaud y Apollinaire.

¿Papel y lápiz, teclado o smartphone?


Cualquiera de las tres opciones me resulta válida según las necesidades del momento: el papel y lápiz para comenzar la tarea de escribir un poema, anotando las primeras ideas que me llegan a la cabeza; el teclado, para transcribir los textos una vez que los doy por acabados; el smartphone, para cuando estoy en la calle, se me ocurren algunas palabras o versos como un fogonazo repentino y no tengo nada más al alcance de la mano para anotarlos.

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