domingo, 12 de febrero de 2017

ALEJANDRO CÉSPEDES

 ALEJANDRO CÉSPEDES
Gijón, 1958


Foto de José Javier González
Licenciado por la Facultad de Filosofía y Ciencias de la Educación de la Universidad de Oviedo, residió en Madrid desde 1985 a 2013. De 1980 hasta 2004 desarrolla toda su trayectoria profesional en el campo de la gestión cultural, la dirección y producción escénicas y la gestión de espacios teatrales. Ha sido colaborador de suplemento cultural de diario El Mundo (1998-2001); coordinador de la sección de poesía de la Revista La Cultura de Madrid hasta el año 2001, y miembro fundador y del Consejo Editorial de la revista de literatura “Número de Víctimas”. Ha publicado sus poemas en la revista “Insula”, en el Suplemento Cultural del diario ABC, El Cultural–El Mundo y en la mayoría de revistas literarias españolas.

En la radio fue responsable de varios programas y espacios y ha recibido premios de poesía, entre otros, el “Premio Jaén de Poesía”, 2009 o el “Blas de Otero”, 2008.
Además de plaquettes, entre sus publicaciones encontramos Voces en off (Amargord, Madrid, 2016), Topología de una página en blanco (Amargord, Madrid, 2012), Flores en la cuneta (Hiperión, Madrid. 2009), Los círculos concéntricos (AEAE, Madrid. 2008) y Sobre andamios de humo   1979-2007  (Vitruvio, Madrid. 2008).
Toda su obra, excepto “Voces en off”, ha sido reeditada en formato digital y puede leerse y descargarse, de forma completa y gratuita, desde la página web del autor:  www.alejandrocespedes.com




¿De qué le salva la poesía?

La poesía sólo es una condena, una cadena con la que estás fijado al centro de ti mismo, un hueco abierto en una caja hermética por el que se ven paisajes devastados. Ni siquiera de su veneno se puede obtener ningún antídoto. Esa visión salvífica es darle una misión desmesurada.

¿Un verso para repetirse siempre?

Lo único que debería estar permitido repetir en un verso es el silencio. Todo lo repetido deja una mancha oscura en mitad de la córnea. Prefiero descubrir a reincidir. “Pureza del silencio! No del silencio que se sabe, que ha oído y repetido, sino del silencio que ha olvidado”, escribió Edmond Jabès en “El pequeño libro de la subversión fuera de sospecha”. Tal vez sólo eso pueda repetirse: el silencio olvidado.

¿Qué libro debe estar en todas las bibliotecas?

“Flores en la cuneta” en la de los los institutos, “Topología de una página en blanco” en la de los poetas, “Voces en off” en la de los suicidas, “Los círculos concéntricos” en la de los pedófilos, “Hay un ciego bailando en el andén” en la de quienes sientan que el pasado es un vórtice. Mejoraría muchísimo mi vida si así fuese. ¿Ve?, eso sí salva.

Amor, muerte, tiempo, vida…, ¿cuál es el gran tema?

¿Acaso esos conceptos no son una matrioska? Nunca son realidades antagónicas, se reproducen de forma sucesiva, no hay un original, no hay ningún nombre, todos lo son en el turno de su serie, se muestran como un devenir de instantes troceados, pero el nexo es lo único que los equilibra. La única forma que conozco de vivir es amputarse dejando parte de esa vida en los fragmentos. Vivir, incluso en el propio idioma, es siempre traducir de otro lenguaje. Entonces, el gran tema no podría ser otro que el de la traducción.

¿Qué verso de otro querría haber escrito?

Muchos, muchísimos, pero el que me viene de repente a la memoria es este: “Escribo para que el agua envenenada pueda beberse”, de Chantal Maillard. Y ni siquiera este es un antídoto.

¿Escribir, leer o vivir?

¿Pero es que no son sinónimos? Vivir conjuga un tiempo en el siempre es tarde. Tal vez solo seamos personas troqueladas, maquinarias para encajar en la melancolía de esta pérdida constante que es la vida; y escribirla, leerla… podrían ser métodos para aprender a vivir de forma permanente en la escenografía de un sueño inacabado.

¿Dónde están las musas?

En el Giro angular,  en el  área de Wernicke, en el área de Broca y, sobre todo, en ese espacio oscuro donde se entra con los brazos extendidos, tanteando, y de pronto hay un fósforo que explota: la intuición, que solo arde un instante en esa leña a la que Goethe se refería y que hay que haber apilado previamente.

¿Qué no puede ser poesía?

La ablación de los clítoris, la sinergia de los capitales, un niño boca abajo con pantalón azul y camiseta roja al borde de una playa, el mar lleno de plásticos, las tortugas miopes con el vientre empachado de medusas confundidas con las bolsas del supermercado, un perro encadenado al cadáver del dueño, un camión con corderos de camino a un restaurante, los bosques de Verdún derrotados por la artillería, las secuoyas obligadas a parir traviesas para el ferrocarril a California, las niñas del napalm, los niños de la estación Leningradsky y sus cachorros, un viejo solo, un geriátrico lleno de cuerpos vaciados, la risa de un presidente que se llama igual que un pato, el foie, los edredones nórdicos rellenos con los sueños de las migraciones…  Ya ve,  yo mismo al enunciarlo me desdigo.

¿Cuál es el último poemario que ha leído?

Uno que aún no ha sido publicado, “Suzanne”, de José Luis Torrego, sorprendente y magnífico.

Si todos leyéramos versos, el mundo…

Seguiría ignorándonos igual que lo hace ahora.

Tres autores para vencerlo todo.

Jorge, Luis, Borges. Ninguna realidad es exhaustiva.

¿Papel y lápiz, teclado o smartphone?

¡Teclado, por supuesto! Desde el Windows con MS-DOS.



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