domingo, 12 de marzo de 2017

CECILIA QUÍLEZ

Cecilia Quílez
(Algeciras, 1965) 

Tiene publicados siete libros de poemas: “La posada del dragón” (Ed. Huerga & Fierro) “Un mal ácido” (Ed. Torremozas), “El cuarto día” (Ed. Calambur), “Vísteme de largo” (Ed. Calambur) y “La hija del capitán Nemo” (Ed. Calambur), “Ecruturaciones” (Ed. Poética peatonal. Colección Ejemplar Único con pinturas de Gabriel Viñals) y el recientísimo “OffLine, del otro lado” con fotografías de Santos Perandones (Ed. Amargord). Próximamente publicará “Caligrafía de la necesidad” con Bartleby Editores.
Ha colaborado en programas de radio y coordinado exposiciones de pintura y escultura y los catálogos de éstas. Tiene relatos y artículos publicados en diversas revistas así como algunos prólogos. Ha participado en diferentes jornadas sobre literatura en conferencias nacionales e internacionales, festivales de poesía y programas de televisión y radio. Está incluida en numerosas recopilaciones y antologías. Algunos de sus poemas han sido traducidos al inglés, italiano, portugués, árabe y holandés. Así mismo, sus obras han obtenido numerosas  críticas en suplementos culturales y revistas de literatura.
Actualmente sigue coordinando y dirigiendo varios ciclos de poesía y desarrollando algunos proyectos sobre redes, fotografía y artes audiovisuales. Ha escrito dos guiones y presentado su último trabajo audiovisual “La memoria salina” en varias ciudades españolas y en la UAM de México. Dirige la colección de poesía " .C" en la editorial Amargord. Su blog personal: http://ceciquilez.blogspot.com/


¿De qué le salva la poesía?

La poesía alivia a quien la escribe en primer lugar porque cauteriza la nostalgia o el horror vacui de una existencia que precisa asimilarse, una autopsia que nos dé las claves para ser recordada como un gran momento o incinerarlo. Cuando escribo aspiro a identificar esto en la mirada del otro, aunque me sigue persiguiendo la contradicción de mi tenacidad de no ser tenaz y llegar a este punto donde aún sigo intentándolo. Soy consciente de que a veces me pongo muy cándida en mis letras, pero el equilibrio debe ser terrible para entenderme y que me entiendan también, ¿sabe?

¿Un verso para repetirse siempre?

Serían demasiados para subrayar uno solo y estaría traicionando la conmoción que me produjeron aquellos que juré serían los únicos aunque siempre tenía la esperanza de que no lo fueran. Podría recordar, sin embargo, en esa inquietud que produce el proceso creativo (un tema al que caigo en bucle en casi todos mis libros) uno de Alejandra Pizarnik de El infierno musical: “Esta oscuro y quiero entrar. No sé qué más decir (yo no quiero decir, yo quiero entrar)”

Otro sería el que llevo tatuado en mi brazo izquierdo: Ni siempre ni jamás sino ahora (espero que me exculpen la osadía del ego, pero es la piel la que me lo repite cada día).


¿Qué libro debe estar en todas las bibliotecas?

Todo libro debería ser una biblioteca, una invitación a otras lecturas. Si le digo que El Quijote, se abrirían todas las puertas. A mí me costó entenderlo, pero igualmente me costó la tabla de multiplicar y las reglas básicas de ortografía y cálculo. Nadie pone en duda esto último. Pero si dos y dos son cuatro y las palabras que empiezan por “her” se escriben con h (menos Hernesto, hermita y hermitaño) no sé qué tiene de complicado incluir en los programas de estudios que Alonso Quijano era el más cierto soñador que daba -y lo seguirá haciendo- sopapos a todas las leyes físicas, sintácticas y  sociales. Pues bien, hora pidamos que todas las bibliotecas y todas las librerías no cierren esas puertas.


Amor, muerte, tiempo, vida…, ¿cuál es el gran tema?

Todos son inevitables en la medida que una los transita en algún verso y a la vez son un recorrido por cualquier obra, con mayor o menor añoranza e intensidad. Al amor y la muerte le sobran las ganas de redimirse a medida que se cumplen años. Yo creo que no hay una única cuestión de fondo, aunque si nos analizáramos, reflotarían conceptos que conducirían a un diagnóstico de paranoias individuales. Habría que tener al menos la prudencia de no ponernos demasiado recalcitrantes o que no se note demasiado, ¿no cree? Por respeto a lo que intento ser, lucho por cambiar obsesiones por otras menos graves que me permitan respirar cómodamente. A veces, hasta creo que lo consigo.


¿Qué verso de otro querría haber escrito?

Cuando leo algo que me produce una descarga emocional indescriptible, reflexiono en el instante y las circunstancias que hacen que esas palabras consigan obrar el prodigio y la magnificencia de estar viva. Cualquiera de esos autores que señalé en un libro alimentaba más la imaginación de ser ellos en ese trance mientras concebían el poema.  El mío no lo he escrito todavía. Eso es precisamente lo que estimula mis ganas de seguir, aunque creo que ya poco importa eso. Lo hago sin más y también con mis menos.


¿Escribir, leer o vivir?

Las dos primeras fórmulas son una manera más de entretenerse en la última.   Ya dije una vez que vivir es muy entretenido y que después ni te acuerdas. Siempre tengo una buena excusa para mantenerme ocupada, sólo me aburro cuando duermo y sueño cosas que no me apetece hacer.


¿Dónde están las musas?

En cualquier sitio donde la belleza o la conmiseración conviertan la abstracción de lo cotidiano en felicidad. Siempre me encuentran desprevenidamente ociosa, olfativa, táctilmente primitiva. Luego hay que convencerlas para que se dejen invitar a una copa y te seduzcan ellas a ti con un poco de suerte. Si fallan los recursos, prueba a serte infiel, sé tú la musa incorregible, la que dice las verdades a la cara. La primera vez te llaman sinvergüenza. Las otras, hasta puede que te den las gracias. En el fondo, todos somos herejes de nuestras propias circunstancias, pero gusta más el estado confesional de lo positivo. Lo contrario simplemente, ni vende ni interesa a la mayoría. Porque seamos claros, ¿a quién le gusta el reflejo de sus miserias cada mañana en el espejo?


¿Qué no puede ser poesía?

No me considero con autoridad magisterial  para decidir esto, pero personalmente no la distingo en cualquier acto de injusticia, crueldad o sometimiento. Tampoco lo que algunos autores se empeñan machaconamente en que lo sea, sobre todo si los que escriben son ellos. No hace falta señalarlos, pero si tiene tiempo, le muestro mi biblioteca cuando quiera.


¿Cuál es el último poemario que ha leído?

Siempre tengo a mano más de uno y algo en prosa. Si no me persiguen los libros los busco yo, es un tormento delicioso, no crea. Ahora mismo se alinean en mi mesilla de noche No estábamos allí de Jordi Doce,  publicado recientemente en Pre-Textos y el de Rafael Saravia que saldrá en breve con la editorial Bartleby. También reposan, como babel esencial impreso, la mayoría de los títulos de Alejandro Céspedes al que he tenido la suerte de publicar como directora de una colección en Amargord su Voces en Off, un libro excepcionalmente único que cautiva en cada lectura, pues son una y a la vez muchas las imágenes e historias que se confabulan dentro de un gran teatro que es un libro. No exagero si digo que es un imprescindible (ahora va usted y lo transcribe tal y como lo digo, es decir, lo que pienso, además de reclamar una más que merecida atención por esos que dicen ser y estar en la verbena referencial amojamada/enjabonada/enjamonada de la crítica). Vé?, ya me he ganado unos cuantos enemigos, pero es que sigo creyendo en la justicia poética, no tengo remedio. Ni lo quiero tener.


Si todos leyéramos versos, el mundo…

Me pone usted en un brete porque el mundo tal vez necesitaría más gobernadores poetas que versos y si ponemos la radio, por ejemplo, encontramos también poesía en las ondas. Y si vamos al cine, y si visitamos un museo, y si cuidamos los bosques. De esto, por ejemplo, se pasó de vueltas uno de los cantautores que más admiro. Leonard Cohen nos descubrió lo inabitablemente hermoso en la memoria de los campos de trabajo, en el vertedero de la historia. Con esto quiero decir que el acto de leer no tiene porqué ser una imposición obligada, es el mundo el que dicta a la poesía y ahí es donde interviene el poeta, como un sedal que conecta a éste y al lector.  Tenga en cuenta que también hay una cierta resignación disimulada en este oficio de catalizador de lo invisible, aunque algunos se quejan demasiado o se trastornan antes de tiempo. Porque sí, admitámoslo, los poetas también chochean y según su bagaje, les ampara cierta condescendencia social, da igual la edad que tengan. Mire, pensándolo mejor, nada de gobernantes poetas. Lo único que me gustaría - y esto también lo he dicho en algún escrito virtual de las redes- es que  ambos necesitamos creernos, o lo que es lo mismo, sabernos leer.


Tres autores para vencerlo todo.

Antonio Gamoneda, Raúl Zurita, Juan Gelman. Hay muchos más, cada día leo algo que podría hacer que el mundo se renovara así mismo.  Por contra, también llegan noticias que hacen sentirme una derrotada en demasiadas causas. Afortunadamente, siempre ha habido, y sigue habiéndolo, autores que luchan a fondo para que no haya más patria que una sola, abriendo otras vías entre las acacias y las alambradas, señalizando la razón con el agua limpia de todos los océanos. Existen, desde el principio de los tiempos, abrazos sin código sanguíneo en la celebración de la vida. Y el perdón sobre todas las debilidades del ser humano desde que se trazó el verbo ser. También sé que he vuelto a añadir algún enemigo más por mencionar esos tres nombres, pero una también necesita fortificarse en el miedo que produce una determinada posición. Lo más triste, es que tengo la corazonada de que estamos apoyando lo mismo pero confundimos el lenguaje de las mareas o el guión de los perdedores.


¿Papel y lápiz, teclado o smartphone?

Las dos primeras opciones son inherentes a mi memoria desde que escribo. Los dispositivos pequeños son una verdadera pesadilla para mis dedos y mis ojos. Ni qué decir tiene si además necesito de la habilidad de un apunte que demanda algo tan sencillo como un papel y un pluma. La tachadura es la que mejor expresa el criterio esencial de cualquier escritor cuando tamizar la palabra se convierte en otro ejercicio caligráfico necesario. De todos modos, cuando sea pequeña me gustaría saber manejar las tres cosas. Y las que vendrán. Le he dicho ya que no me aburriría nunca, ¿verdad?


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